por tu sangre, llamándome en las oscuridades más terribles,
por dolerme y recordarme que estoy tan viva.
Contar el acto mágico en estos cuadros, contar el mantel, el cielo, la plenitud tan lejana que hoy no nos devolvería la visita. Si no hubiéramos sido dos, la luz no estaría asomándose por la pequeña rendija que surca la persiana, para atravesar todo el cuarto hasta la pared llena de grietas, y quizás no estaríamos en este momento cada uno refugiado en su trinchera, exageradamente aprensivos de nuestros silencios, tan orgullosos, sin capacidad para levantar la vista y enfrentar todo eso que ya sabíamos de antemano. Haz de luz, juez de nosotros mismos y de nuestro destino, que jugaría con el humo del cigarro –y con todas las ansiedades que se incendiarían poco a poco- que sube y sube, en el intento de escapar astutamente de la tensión monumental que se apila en el centro de la mesa como una torre.
Insisto que si no hubiéramos sido dos desde un principio, tal vez no habría que tomar tantas decisiones, tanto abandono de miedos, tanto abrazo a las costumbres positivas y rutinarias, tanta desilusión permanente. Y nuevamente, tal vez, los itinerarios no estarían temblando como un elefante que hace equilibrio en un piolín. Es todo tan simple: yo seguiría con mis acrobacias para cuidar mi única planta –siempre marchita, con la clorofila del lado de la muerte- y vos tendrías el empeño de recorrer el mundo a zancadas.
Las retrospectivas, su crueldad. Damos vueltas, vueltas, vueltas y el corazón va del paro a la taquicardia, ida y regreso, se da un baño en la incertidumbre, no sabe si seguir bombeando sangre, si suicidarse desde una costilla, esconderse adentro de un pulmón o generar un ataque para sortear el sufrimiento. Y ahora, la línea lumínica está conmigo, separándome de un montoncito de migas que tan prolijamente acomodaste antes de precipitarte –tan desorganizado- por la puerta, hacia quién sabe qué incierto jamás…
Estos son los momentos en los que, desde el hielo en los pies hasta el último cabello, todo aquello que te pertenecía se confunde con una eterna resonancia de dolores que rebotan por todas partes, imposibilitando la identificación del dolor real, de la ausencia. Estos son los instantes en los que uno debe contener a la muerte. Puntos suspensivos de carne y hueso, ventanas donde los ojos reflejan su ceguera, túneles regresivos donde se exuda la soledad, y las salidas se alejan, y las puertas se desmoronan.
Ajustes y culpas. Todos los engranajes sabían que podían detenerte, todos mis músculos, todas mis sinapsis, pero dije adiós, tan severamente, expulsando de mi morada cualquier otro amor, pasado, presente o futuro. Exilio de la viajera, descalza en toda geografía, vestida únicamente con el conocimiento del aura precedente al hastío y con el tormento de todas las razones para volverte a querer.











